Arquitectura en quiebre con el Valle
El Colegio Rigoberto Pizarro se emplaza en un alargado paño del valle de Limarí, rodeado de cultivos y pequeñas lomadas agrícolas. Lejos de imponer una pista ortogonal, el proyecto redefine la relación entre edificio y paisaje a través de quiebres sucesivos en su eje central: cada “pliegue” de hormigón armado responde a un cambio de vista, a un matiz del entorno o a la orientación solar, generando un sistema de patios intermedios que organizan aulas, servicios y espacios de encuentro.
Implantación y configuración de patios
La planta se despliega vinculando distintos volúmenes que separan distintos patios abiertos que funcionan simultáneamente como aula al aire libre, vestíbulo colectivo y corazón de la vida escolar. Durante la construcción se cuidó no alterar las curvas de nivel naturales: el colegio se asienta como un zócalo continuo, mientras las cubiertas se alzan o se hunden suavemente, dibujando una silueta sinuosa que dialoga con las montañas del horizonte.
Estructura y control climático
La estructura de hormigón armado se repite en blancos marcos rígidos que liberan grandes luces y permiten fachadas casi continuas. En cada bloque de aulas, los vanos horizontales corren de pared a pared, enmarcando el valle y a la vez protegiendo del sol poniente, modula la radiación y aporta frescura, mientras que el conjunto se ventila de manera natural por su disposición en quiebre y su conectividad con los patios.
Remate en el gimnasio y conexiones verticales
En el extremo oeste, el volumen del gimnasio semienterrado se asoma apenas sobre el terreno, mitigando su escala y conectándose con el auditorio exterior. Allí, una grada escalonada se utiliza tanto para clases al aire libre como para asambleas y pequeñas representaciones culturales. El eje central quebrado se convierte en un pasillo de tránsito que enlaza verticalmente los distintos niveles, con escaleras y rampas que invitan a la exploración del edificio como un ejercicio arquitectónico.
Uso actual por la comunidad educativa
Hoy, los más de 400 alumnos del Rigoberto Pizarro recorren sus patios cada mañana, aprovechando los espacios abiertos para proyectos de ciencias, arte y huertos escolares. Las docentes han integrado los muros de hormigón como pizarras informales y los corredores cubiertos como galerías de exhibición de trabajos creativos. Los patios intermedios acogen desde talleres de manualidades hasta ferias de ciencias y celebraciones cívicas. El gimnasio semienterrado, por su parte, funciona también como salón de actos y cineclub los fines de semana, reforzando el vínculo de la escuela con el poblado rural circundante.
